lunes, 26 de noviembre de 2012
Sólo el cielo se vacía de recuerdos. Sólo el cielo es un lugar con pies de humo. Tropecé y dejé caer algunos sueños que explotaron en destellos absorbentes, y mis dedos se aferraron a una imagen que enredándose en mis garras se esfumó; y la aguja se cansó de perseguirte en la hora en que debí dejarte ir. Y presiento que mi pulso desbarata lo que digo; que mi corazón desangra tintas frías sin destino. Que mi cuerpo se delata cuando tiembla y no es de frío; cuando bebo de la sed, sé que estoy en ese borde. Pegajosa sensación de tocar el aire ardiente, pretenciosa pretensión de alejarte y retenerte. Indistinta suspensión de sábanas invisibles, y caricias de cristal entre cuerpos de madera. Vampiresa imperturbable observando mis heridas, impávida ante el reflejo del espejo de tus ojos. Y presiento entre mis piernas la lasciva dirección que me indica la caída, de resonancia inminente, de un labio explorando el beso; y el vacío que genera la confusión del después: después del minuto ahorcado de las lágrimas de adiós. Y, antes de repararme y revolcarme en fuego azul, siento pisadas pasadas retumbando en las paredes. Y presiento la quietud de mi mal funcionamiento; entre versos que hoy no entiendo, sé que estoy en el borde.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Murciélagos a la anochecer.
La joven desnuda
Archivo del blog
-
►
2009
(94)
- ► septiembre (11)
Seguidores



No hay comentarios:
Publicar un comentario